Prólogo de “Las casitas” de Adriana Fin.

por Graciela Licciardi

Prensentación de Las casitas de Adriana Fin

        Las casitas de Adriana Fin es un libro para leer lentamente; los minuciosos detalles, la ambientación, el lenguaje utilizado en las descripciones, los lugares escogidos, las luces y sombras, todo, es un compendio de excelente calidad literaria.

Nada en la novela es un hecho banal, todo está íntimamente conectado y Adriana Fin ha tenido la maestría de exponerla de un modo no literal en el devenir de los acontecimientos, sino que nos lleva de un presente inmediato a un pasado reciente y ésto ejerce en el lector una necesaria atención para seguir la trama, lo cual, además, ha signado con una diferenciación en la grafía, para su mejor comprensión.

Ya en el Prólogo, Adriana Fin nos habla de la “la cultura de la mansedumbre, sueño pedante de ciertas clases sociales”. En toda la novela, aunque sea imaginaria, como manifiesta la autora en su inicio, hay una fuerte denuncia social y nos explica que fue tomando la voz de esos personajes que ha creado y ella, seguramente expresará esto con más detalle cuando nos cuente.

A través de la lectura observaremos cómo, en forma espeluznante, Adriana describe lo que hacían con esas mujeres a las que ella llama en la novela: “Las muñecas”, y dice que eran exhibidas en vidrieras de dudosa lumi¬nosidad y trabajaban bajo el amparo de una pseudo legalidad a solo veinte kilómetros de la ciudad, como una versión caricaturesca de la zona roja de Ámsterdam.

Los clientes generalmente eran fijos: integrantes de la fuerza de seguridad, médicos, políticos y hasta un Juez de Paz. También nos adentra en el dolor que llega a sentir una joven embarazada a la que le es quitada impumente su criatura recién nacida, el perfil pscilógico tan bien descripto por la autora que se sumerge en la mente de un suicida.

El hornillo que vemos en la tapa del libro y que en forma artística, tan hermosamente, ha logrado resolver Daniel Cosentino, significa un gran simbolismo en la novela, podría expresar que es el recipiente contenedor de dolores, sufrimientos y bejaciones y a la vez el disparador inminente para que la mujer que ha tapado el pasado comience a recuperar su identidad.

La autora, sin dudas, nos instala a través de la ficción, una realidad irrefutable, de un mundo sórdido y repulsivo en el que jóvenes mujeres han sido sometidas como objetos de comercio del placer, siendo ellas víctimas de innumerables humillaciones tanto físicas como psíquicas.

Adriana Fin logra perfilar los personajes con suma maestría escritural, adentrándose en los meandros más íntimos de su mente.

Las casitas es un libro que recomiendo por su profundidad, su calidad narrativa y por la denuncia social que nos dejará perplejos en su lectura. Graciela Licciardi