Prólogo de “El fusil de trigo”.

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por CARLOS NORBERTO CARBONE

Algunas veces, con Antonio “Nino” Aliberti, nos tomábamos juntos el tren en Once hacia el Oeste, Nino a San Antonio de Padua, yo hasta mi querido Morón, y entre charlas él iba dejan­do anécdotas, frases, ideas, palabras; recuerdo en una de esas tardes hablando de un libro mío, “EN LA HUELLA DEL HOMBRE”, Nino, me dijo que, cada poeta escribe su poema, pero entre todos escribimos el gran poema, y hoy, David Antonio Sorbille, nos trae en su libro “EL FUSIL DE TRIGO”, las dedicatorias que constitu­yen una gran cantata con lo mejor de nuestros hombres por estos lados Americanos, y con todos ellos escribimos ese gran poema. Pa­rafraseando a Walt Whitman, podríamos decir que: “Quien toca este libro toca a un hombre”. Y en el libro de David Antonio Sorbille, se le canta, con su generosidad y su arte poética, a JUAN L. ORTIZ, JOSÉ MARTÍ, HÉCTOR YÁNOVER, HORACIO QUIROGA, MANUEL SCORZA, JOSÉ MARÍA ARGUEDAS, MARIO BE­NEDETTI, ERNESTO CARDENAL, MACEDONIO FER­NÁNDEZ, EDGAR BAYLEY, LEÓNIDAS LAMBORGHINI, DANIEL MOYANO, ANTONIO DI BENEDETTO, JOAQUÍN GIANNUZZI, RODOLFO WALSH, HÉCTOR TIZÓN, JUAN RULFO, FRANCISCO MADARIAGA, ANTONIO PORCHIA, OLGA OROZCO, RUBÉN VELA, JUAN GELMAN …Si como dice un proverbio árabe que: “Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo”, podemos decir que quien lleve el libro de David, estará llevando lo mejor de nuestra cultura popular y de nuestra identidad en el bolsillo. La poesía es el camino hacia el hombre, y honesta­mente creo que: “EL FUSIL DE TRIGO”, es un espejo que tiene nuestro rostro y nuestra huella. Una poesía sin mayúsculas, con un ojo feliz del poeta en su observación, uno puede descubrir en la respiración del poeta, en su intimidad, su sensible forma de caminar por las rutas de la palabra y por esta ancha avenida que es la poesía. Podemos decir que este territorio de la poesía, David lo recorre con emoción y frescura, para el bien de la poesía y para nuestro deleite. Encontramos en estos poemas: claridad, compromiso, elocuencia,
su palabra alcanza un lugar, parece que sin esfuerzos, nos lleva a las montañas de NERUDA, al silencio pampa de YUPANQUI, a la canción con todos de TEJADA GÓMEZ, a las coplas de MA­NUEL J. CASTILLA, a la tierra guaraní de ROA BASTOS, a la llanura de JOSÉ HERNÁNDEZ, a la valija de fuego de ALDO PELLEGRINI, a la canción de un semejante de LIMA QUINTA­NA, a la blindada rosa de RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN, al exilio de ELVIO ROMERO, al admirable arte de narrar de JUAN JOSÉ SAER, a las urgentes palabras de MANUEL UGARTE, al destino solidario de ROBERTO JORGE SANTORO, a la guitarra negra de ALFREDO ZITARROSA, a la memoria libertaria de SIMÓN BOLÍVAR, EMILIANO ZAPATA, AUGUSTO CÉSAR SANDI­NO, JORGE ELIÉCER GAITÁN, ERNESTO GUEVARA, SAL­VADOR ALLENDE, al mártir de los pobres CARLOS MUGICA, a las antorchas de EVITA, al sueño de LUTHER KING, al compro­miso ejemplar del DR. RENÉ FAVALORO, al corazón humahua­queño de RICARDO VILCA, al lápiz inigualable de ROBERTO FONTANARROSA, entre otros poemas intensos como el que le dedica a su Padre Poeta en la segunda parte del libro. Escribir poesía no es sentarse y soplar bellas palabras, escribir poesía es sentarse y escribir cada palabra con la huella de nuestra historia, y DAVID ANTONIO SORBILLE, nos indica un camino con la claridad y solidaridad necesarias para estos tiempos que nos toca vivir.


CARLOS NORBERTO CARBONE

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